PRESTON STURGES, EL GRAN HUMORISTA DE “EL GRAN CORRUPTO”

Divertida y revulsiva denuncia de la incorruptible corrupción política

Fernán Escudero

Desde que empecé a escribir este blog me salen los humoristas de debajo de las piedras y voy recordando o bien descubriendo que muchos creadores admirados han coqueteado profesionalmente con el humor gráfico impreso.

Así Preston Sturges (Chicago, 1898 – Nueva York, 1959), el primer cineasta que pasó de guionista a director de sus propios proyectos para un gran estudio de Hollywood, de joven firmó una tira cómica varios meses en cierto periódico del ejército.

La tituló Toot and his Loot y, según la página web oficial de este americano de peculiar biografía con infancia y adolescencia europeas, “nunca olvidaría los terribles días de ansiedad vividos por tener que entregar una historieta cada semana”.

El Gran Dictador, el Gran McGinty, la Gran Depresión

Su mirada de cineasta es la del humorista, narra la cara incongruente de la realidad. Construyó el monumento al humorismo crítico que es una de sus varias películas obras maestras de la inteligencia del autor y del respeto a la de los espectadores: El gran McGinty (The Great McGinty), sobre política y corrupción, la primera que escribió, dirigió y que bien podría haber bautizado como El Gran Corrupto. Ganadora del primer óscar entregado en la categoría de mejor guión orginal, su éxito animó a las grandes productoras norteamericanas a confiar las tareas de dirección a otros guionistas: Billy Wilder, John Huston o cuantos les han seguido.

Ganó dicho óscar en 1940 en lid con El Gran Dictador (The Great Dictator), donde Charles Chaplin también recurre al humor (arquetípica la escena del globo terráqueo) para denunciar los abusos de un sistema político, en este caso el nazi alemán, con un mensaje idealista de esperanza en el triunfo demócrata y humano sobre el totalitarismo demente distinto del enfoque pragmático de Sturges sobre los defectos de la democracia americana y de la naturaleza de las personas. En sus respectivos The Great ambos creadores aportan enfoques opuestos complementarios: Charlot nos presenta al héroe, Sturges al antihéroe; el primero habita la edad moderna, el segundo la postmoderna.

Otras películas en competición en distintos apartados ese año fueron Historias de Filadelfia, de George Cukor, comedia pura, y Las uvas de la ira, de John Ford, drama social basado en la novela de John Steinbeck, inspirada en la Gran Depresión como el guión de El Gran McGinty, una comedia impura porque se mancha el traje de gala al meterse en política más a fondo de lo que parece. Y vaya un año memorable para el cine estadounidense, pues fue asimismo el de Rebecca, debut de Alfred Hitchcock al otro lado del Atlántico.

Humor elegante para noquear a la censura

El título de Sturges muestra la facilidad con que es posible corromper a la Administración a través de las aventuras y desventuras de un espabilado metido a político, marioneta de intereses mafiosos que lo encumbran a alcalde o gobernador para saquear las arcas públicas y particulares desde las instituciones. Pucherazos, comisiones sobre grandes obras y suministros, chantajes, discursos demagógicos que convencen a las masas empobrecidas, con promesas de puestos de trabajo por ejemplo. ¿A que suena de algo? La trepidante descripción de la política instrumentalizada es certera; la esquemática comicidad disipa esas medias tintas que suelen difuminar la comprensión de la realidad humana.

Escrita en 1932 fue rodada a finales de 1939, antes de que la censura cinematográfica y de todo tipo creciera exponencialmente en manos del gobierno de los Estados Unidos según avanzaba la década y la guerra mundial, esta se transformaba en fría y apretaba la presión atmosférica del macarthismo.

Una comedia como The Great McGinty hubiera sido inconcebible pocos años después por tanto, si bien respeta el código censor vigente al introducir la moraleja de que los no honrados acaban mal, la ley triunfa sobre la burla y el amor romántico y familiar redime. Pero hoy, décadas después, pese a mostrar cierta compasión y comprensión hacia los golfantes, aún funciona como un directo en las narices del espectador, en especial si este es víctima de una política ensuciada por ladrones de guante blanco, demasiado parecida en España antes o ahora –y por desgracia en infinitos países– a la que Sturges desnuda en esta película con el brillo afilado de su humor elegante.

Defender a Sturges y sus herederos

Con probabilidad la fuerza que tiene la sociedad civil estadounidense debe mucho a la conciencia de la necesidad de acción ciudadana que comunicadores independientes como Sturges y tantos más en el cine, la prensa, el teatro, la televisión… alimentaron históricamente. En el siglo XXI el público sostiene a sus continuadores, a través de fundaciones y asociaciones allí donde las compañías mediáticas privadas o el aparato estatal fallan, porque a pesar del tiempo transcurrido desde el caso de los Papeles del Pentágono o el Watergate, todavía no ha olvidado que los necesita. Quizá en otros países como España la audiencia aún tenga que descubrirlo, aunque la débil oferta de las empresas de comunicación carpetovetónicas no ayuda; la tendencia mediática internacional tampoco es alentadora.

Incluso en las democracias de mayor solera, la gente de a pie está a merced de una clase política a su vez eternamente a merced de una clase mafiosa blanqueada con ideologías ad hoc y solo movida por intereses espurios en la gran hoguera de las vanidades. El pueblo ha de ejercer un control cercano sobre sus representantes, pues la carne es débil ante oros u oropeles, por eso ha de dotarse de herramientas eficaces, entre ellas en primer lugar el derecho a la información, que nada es si no se cumple con el deber ciudadano de exigirlo, defenderlo y ejercerlo.

En la cosa pública, como ha quedado demostrado en todas partes estos últimos miles de años, nadie hace regalos a quienes no luchan por sus derechos, más bien la tendencia es robar. Que los egoístas espabilados no nos desplumen, es decir, que no nos hurten ni el parné para vivir bien ni plumas como la de Preston Sturges para vivir mejor.

Abajo, fragmento de El Gran McGinty (versión original en inglés).

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